Todo acabó en Julio de 1978, a punto de cumplir mis trece Noviembres, fue el año en que conseguimos la mayoría de edad a los 18, justo después del mundial de Argentina y aún recuperandonos, tras un año, de la muerte del Rey del Rock. Volvía de unas mini vacaciones en la malagueña casa de mi querido amigo León. Habíamos cogido el mítico tren “Costa del Sol” desde Málaga y llegábamos León y yo a la estación de Atocha. Nos recibieron mi padre, que me miraba de forma extraña y mi madre como casi siempre, algo ausente, se repartieron besos y abrazos. Mi padre, un hombre fuerte y luchador donde los haya, que por sus vivencias y correrías de juventud en africa, pocas veces dejaba entrever tras su mirada amable y su sonrisa franca lo que se hilaba dentro de su cabeza, pero ese dia algo fallaba. Su mirada, repito, era extraña.

Estábamos sentados ya en el Seat “catorcetreinta” los cuatro en el parking de Atocha. Papá al volante, Mamá a su lado y León y yo ocupando las plazas traseras. José Luis, me dijo, he de darte dos noticias; una buena y otra mala. Me sorprendió la cara de mi padre pues no reflejaba dicotomía alguna. Ante este momento de elección tomé por el camino más difícil. Dime primero la mala. Me trasladan a Tenerife, ¿recuerdas el viaje del año pasado? Pues fué para elegir entre Tenerife o Gran Canaria. En Septiembre hemos de estar instalados.

El mundo se me cayó encima, en ese momento recordé a los pobres chavales Canarios que estaban internos en Campillos, en el C.C.C.C. -Campo de Concentración Campillos City-, recordaba lo solos que estaban, casi diría que abandonados. Para describir su situación, el otro día en una cena en Antequera Fernando José García Echegoyen lo describía en una única anécdota. Contaba el contenido de una carta de un Canario a sus padres, en esta se podía leer una sola frase; “Aún no me he muerto, Hijos de Puta”. Ahí estaba yo, en el asiento trasero del «catorcetreinta», me sentía pequeño, me faltaba el aire. Ya era duro el hecho de ver solo cada tres meses a mis padres, me enfrentaba a la posibilidad de que, con el traslado, este periodo se alargara más, tenía una sensación muy extraña en el estómago, estaba mareado. La mirada de mi amigo León cambió de la complicidad absoluta a la perplejidad, a él también le afectaba, no entendía nada.

Bueno papá ¿y cuál es la buena noticia? No vuelves a Campillos.

A partir de ese momento empecé a vivir. Fue un punto y final en una etapa oscura y a menudo desagradable de mi vida. Empezaba de nuevo. Fue mi primer resurgir desde las cenizas. El primero de muchos. Con los años cada vez tardo menos en salir de los pozos. Esa es la impronta Campillera. Tener la dureza del diamante. Diría más, el campillero es un ser Duro y Brillante.

Este relato lo he empezado casi por el final ya que la historia, mi historia, en Campillos y de Campillos hay que mirarla desde un prisma positivo. En próximas entregas iré contando mis pensamientos y algunos recuerdos que aún quedan entre las telarañas de mi mente, aquellos que no he desterrado de mis neuronas.

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